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¿Eres de los que abandonan un libro que no les está gustando o eres de los que persisten hasta el final?
Tengo que reconocer que admiro a la gente que puede dejar el libro y no volver a él. En realidad, más que admirar, los envidio. Porque tienen algo de lo que yo carezco en esta ámbito particular: libertad.
Yo soy todo lo contrario. Me digo que tengo que terminarlo, cueste lo que cueste. Aunque lleve más de un mes leyéndolo y ya quiera terminarlo rápido. Aunque no me esté gustando. Aunque tenga otros libros pendientes y que me muero de ganas de empezar.
Debo continar hasta el final.
¿Seré acaso masoquista y me expongo a un sufrimiento innecesario? O al revés: ¿soy mejor porque me esfuerzo en la dificultad y le doy una segunda oportunidad al libro?
Hay razones válidas para dejar un libro. Lo sé. Debería haberme dicho eso cuando en mi adolescencia leí toda la saga Crepúsculo solo para entender por qué todos estaban obesionados con ese libro. Y no, no lo entendí. Solo perdí tiempo y ni siquiera me gustó.
Pero también hay razones para continuar a pesar de la dificultad. Y en este correo quiero convencer a aquellos que sí son libres de que, a vcees, hay que mantenerse en el libro aunque no nos esté gustando.
«Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera».
Así comienza la novela Ana Karenina de León Tolstói, publicada en 1878. Es una obra maestra. Impresionante. Aguda. Sensible. Profunda.
Pero no siempre creí eso. Cuando tenía 15 años, alguien –creo que mi mamá– me regaló Ana Karenina. Tenía una portada verde con arabescos de oro que brillaban con la luz. Era hermoso y quería leerlo cuanto antes.
Pero lo odié. No entendía por qué los nombres eran tan complicados, por qué en los capítulos sobre Levin él se dedicaba a pensar tanto y con párrafos tan largos, ni tampoco entendía por qué él estaba en la historia, si aparentemente no tenía relación con Ana Karenina.
"¡Qué libro más malo!", pensé. Pero continué hasta el final.
Y al terminarlo, tampoco me gustó. Pensé que había sido una pérdida de tiempo.
Pero no podía dejar de pensar en el libro, en el descenlace de la historia, en el conflicto de Ana, en el estilo de vida que eligió Levin.
A diferencia de muchos otros libros que me entretenían pero que olvidaba fácilmente, Ana Karenina se quedó en mi memoria.
Hasta que muchos años después me convencí de que en realidad el libro no me había cargado, solo me había parecido difícil. Y me di cuenta de que no es lo mismo.
Volví a leerlo, y un mundo sorprendente y maravilloso se abrió ante mis ojos. ¡No era una historia aburrida!, sino todo lo contrario: era compleja, con múltiples capas de análisis, con momentos difíciles y con un conflicto profundo entre dos visiones de vida opuestas entre sí.
Hoy le doy las gracias a la Dominga adolescente que persistió en el empeño de leer algo que no le estaba gustando.
Y a la que continuó leyendo La Ciudad y los perros de Vargas Llosa –aunque no entendía nada– hasta llegar al final. Y a la que leyó todo el Comentario del Apocalipsis de Beato de Liébana.
¿Por qué te cuento todo esto? Porque ayer tuve uno de esos momentos de revelación. Estoy leyendo un libro que no me está fascinando. Estuve a punto de dejarlo guardado en mi librero. Pero si lo hubiera hecho, me habría perdido este dato que encuentro realmente alucinante:

«Cuando él (George de Hanover) llegó para su coronación, hablaba poco inglés. Ya había encarcelado a su esposa en un castillo como castigo por infidelidad y trajo consigo a dos amantes, gorda y flaca, conocidas como Elefante y Poste. Jugaba cartas con cada una de ellas en noches alternadas".
¡¿Qué?! ¡Es un dato demasiado interesante y jugoso! ¡Quiero investigar y saber mucho más de ese trío! Si me hubiera detenido en mi lectura unos días antes, habría pasado por alto esto.
Entonces sí. A veces hay que continuar en la lectura aunque no lo estemos disfrutando en ese momento.
¿Eres del team continuar hasta el final o del team hasta aquí llegué?
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