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1. Rey Luis IX de Francia y la Cruzada desastrosa.
El joven rey Luis era un tipo tranquilo. Rezaba, impartía justicia, realizaba obras de caridad.
Nada que ver a un rey conquistador y militar.
Hasta que en 1244 enfermó gravemente. Luis creyó que iba a morir, y juró que si sanaba, emprendería una cruzada para rescatar los Santos Lugares (como si esa vez fuera a funcionar).
Cuento corto, se mejoró y partió. Muchos nobles intentaron disuadirlo:
–Su Majestad, el viaje es peligroso, largo, y no podríamos prescindir de vuestra presencia –le decían, aunque lo que en realidad querían decir era que el rey no tenía la pasta de un rey conquistador en lugares remotos.

Su plan era atacar Egipto, conquistar el valle del Nilo, bloquear la influencia musulmana de esa zona y de ahí partir a conquistar Tierra Santa.
Un plan un poco complicado.
Reunió dinero, soldados y barcos y partió.
En un principio, su plan parecía tener éxito: ¡en 1249 los franceses lograron tomar la ciudad portuaria de Damieta! Pensaron que la Cruzada sería un verdadero éxito...
pero se equivocaban.
En la ciudad de Mansura ocurrió el desastre. Un grupo de soldados quedó atrapado en las estrechas calles de la ciudad, mientras el resto del ejército, debilitado por las enfermedades y el calor, no pudo hacerle frente a las fuerzas mamelucas (quienes gobernaban en Egipto).
Lo peor de todo es que el mismo rey fue capturado en la retirada.
Las negociaciones comenzaron al instante:
–Queremos de vuelta la ciudad de Damieta y un rescate de 400.000 libras tornesas para liberar al rey –dijeron los mamelucos.
¡¿Qué?! ¡Eso era el doble de lo que recaudaba la corona francesa en un solo año!
¿Pero qué podía hacer Luis? Su ejército estaba destruido, él estaba enfermo, la cruzada había fracasado.
Luis pagó lo acordado y fue liberado. Luego de eso pasó una temporada en Tierra Santa antes de volver a Francia.
La Cruzada había sido un desastre, pero él volvía ileso y con una mejor reputación que antes (si se podía): aumentó su fama de hombre santo, devoto y cristiano.
Su afán de participar en una Cruzada no se extinguió. De hecho, unos años después volvió a llamar a una nueva Cruzada (¡la octava!), y fue en ella donde murió. Fue canonizado poco después.
Pero esa es una historia para otra ocasión.
Quizá habría sido mejor para Luis quedarse en su casa y no soñar tanto con las Cruzadas.

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