"El hombre es el animal enfermo", o cómo conquistar la enfermedad según Friedrich Nietzsche
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Parte 1. Nietzsche y la enfermedad
No soy yo la que dice que el hombre es el animal enfermo. En realidad, lo dijo Nietzsche mucho antes:
"¿De dónde viene esa índole enfermiza? Pues el hombre es más enfermo, inseguro, cambiante, inestable que cualquier otro animal, de ello no cabe duda. Es el animal enfermo: ¿a qué se debe?” (Genealogía de la Moral, III, 13).
Hay pocos filósofos que hayan dejado una huella tan importante en el siglo XX como Friedrich Nietzsche (Alemania, 1844 - 1900). Sus ideas fueron un verdadero terremoto –no por nada se lo llama el "Filósofo del Martillo".
Arrasó con la teología y filosofías imperantes en Occidentes, e intentó crear toda una serie de valores nuevos que llevaran al hombre a su máximo desarrollo.
Hay demasiadas aristas en las que uno podría analizar su obra (filosofía, arte, psicología, teología, literatura). Pero en esta ocasión quiero centrarme en la idea que tenía el filósofo en torno a la salud y la enfermedad.
Esta serie sobre Nietzsche se basa en mi tesis de Magíster. Fue una linda experiencia desempolvarla, leerla de nuevo y volver a reflexionar en torno a este filósofo.
¿Por qué vale la pena preguntarse en torno a la enfermedad en la filosofía de Nietzsche? Porque fue una temática que, a todas luces, preocupó profundamente al filósofo.
Y por lo tanto, cualquiera que quiera sumergirse en su filosofía tendrá que enfrentarse a las preguntas de ¿cómo entiende Nietzsche el cuerpo? ¿Qué es la salud y la enfermedad? ¿Qué valor le otorga el filósofo a la enfermedad? ¿Por qué el filósofo considera al hombre como el animal enfermo? ¿Qué debe hacer el hombre frente a la experiencia de la enfermedad? ¿Es posible superar realmente la enfermedad? ¿Es incluso deseable superar la enfermedad del todo o puede haber una existencia en la enfermedad?

l estudiar la biografía de Nietzsche es fácil comprender por qué el cuerpo y la enfermedad se configuran como aspectos centrales en su pensamiento filosófico, ya que desde muy temprano en su infancia el filósofo tuvo experiencias vitales relacionadas a la falta de salud física y mental que lo marcaron profundamente.
La primera de ellas fue la larga enfermedad, convalecencia y muerte de su padre, quien sufría de misteriosos ataques físicos y mentales, junto con dificultades del habla y pérdidas constantes de conciencia. Su padre fue diagnosticado con “nervios” y luego con “reblandecimiento del cerebro” por los médicos de la época, debiendo estar postrado por meses debido a jaquecas agonizantes y a la ceguera que desarrolló. A los treinta y cinco años, murió dejando a su mujer con dos hijos pequeños.
Nietzsche nunca podría recobrarse del todo por la muerte de su padre: hasta la edad de los treinta y cinco años creyó fervientemente que moriría a la misma edad que su padre, y tras haber alcanzado esa edad, se preguntaba con asombro cómo podía haber sobrevivido tanto.
En varias ocasiones pensaba que la hora de su muerte ya estaba cerca, y a veces incluso anhelaba que ésta llegara.
Siguiendo las teorías médicas de la época, Nietzsche estaba convencido de que existían las sangres “buenas” y las “degeneradas” que se heredaban en la familia. Con su padre y otros miembros de su familia que también habían sufrido diversos grados de locura, el filósofo suponía que en él estaba contenida la tendencia moral a la degeneración.

Por su parte, el mismo Nietzsche tuvo largos períodos en los que su propia salud se vio comprometida gravemente: solía pasar semanas enfermo en su época escolar.
Su salud luego se habría debilitado aún más por ataques de disentería y difteria que contrajo al participar en la guerra Franco-prusiana, mientras que lo más probable (aunque aún es motivo de disputa) es que se contagió de sífilis por una prostituta en Italia a finales de la década de 1870, que lo llevó posteriormente a la demencia y a la parálisis corporal en los últimos años de su vida.
Las jaquecas, los problemas de visión, náuseas y vómitos lo atormentaban constantemente desde su infancia y hacían que en ciertas épocas del año salir al exterior y enfrentarse a la luz del sol fuera un verdadero sufrimiento, por lo que requería de gruesos lentes oscuros y parasoles al momento de salir.
Es por esto que a lo largo de su vida debió recurrir constantemente a los pueblos del norte de Italia durante el invierno y a los Alpes Suizos en verano, buscando lugares para aliviar su enfermedad, lo que conllevó a que tuviera una vida marcada por la soledad. Los últimos años de su vida estuvieron determinados por la locura y la invalidez física, debiendo ser retirado—contra su voluntad— de la vida pública y ser atendido por su hermana Elizabeth hasta su muerte en 1900.
Nietzsche fue consciente—verdaderamente consciente—de su mala salud y de las limitaciones que le ofrecía su cuerpo. De esta manera, el problema del cuerpo y la enfermedad se convirtió, quizás inevitablemente, en un punto inicial y central de su pensamiento filosófico.
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